Estar en pareja debería ser un refugio, un espacio de crecimiento y acompañamiento mutuo. Cuando se convierte en una fuente constante de soledad, es crucial recordar que la única soledad que realmente daña es aquella que aceptamos a cambio de una compañía ficticia. Al final del día, es preferible habitar la propia soledad con dignidad que diluirse intentando sostener una mesa que solo se apoya en una pata.
Existe una profunda diferencia entre la soledad de estar físicamente solo y la soledad que se experimenta al estar al lado de alguien. Esta última es, sin duda, una de las formas más complejas y silenciosas de aislamiento. Ocurre cuando, dentro de una relación de pareja, el espacio que debería estar habitado por la complicidad, el apoyo mutuo y el eco de dos voces, comienza a sentirse vacío. Es la extraña paradoja de ser “solo uno” en una relación de dos.


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